El fiel servidor y la condena del pueblo

 

 

El señor del cortijo ya no quiere esclavos, ahora se ha unido a la alianza de la liberación humana, se envuelve en banderas de libertad, asalta buques esclavistas y boicotea las antiguas líneas de trata que él mismo inauguró, pero sigue necesitando mano de obra barata y sin derechos, ha sustituido el látigo por hipotecas y contratos de trabajo precarios, y gracias Señor por su magnanimidad.

Viene de visita por el sur la no-tan-Sacra-Emperatriz-Germánica, para dar unas palmaditas en la espalda al capataz de la piara, henchido del orgullo del fiel lacayo se crece y obtiene su salchichita de recompensa. Buen escudero es Sancho, pero este Sancho simplón también ve gigantes; mientras Dulcinea espera en un barrio de cualquier ciudad del sur donde no puede dar de comer a sus hijos, pues ser pobre es cosa mala, el ruido de tus tripas molesta al pudiente, mejor esconde tus miserias.

Los maestros de la resignación, los que nunca han necesitado resignarse, hablan a los perdedores de toda historia desde sus altares, que nos resignemos, que la salida está cerca y que conquistaremos este estercolero, obra de todos, de los que doblan la espalda y de los que dan las órdenes. Sí Señor, lo que Usted mande se oye como un murmullo insoportable entre los desesperanzados que han renunciado a tanto que solo piden pan y trabajo, que han aprendido que no existen paraísos para los nadie, que las puertas están bien guardadas por los maestros de la resignación.

Los voceros gritan más alto y con más fuerza, que no se oigan los gritos de los que no quieren abandonar las calles, nos intentan convencer que el verdadero poder es el que se ejerce de manera ordenada, el que dictan sus leyes tramposas, y si no les gustan las cambian. Pero el verdadero poder nace de abajo, de la unión de los desesperados, los arruinados, los perdedores pero nunca derrotados, los que no se rinden y aguantan golpes en sus costillas, la legitimidad del poder no la dicta las urnas, la dicta la satisfacción de las expectativas del pueblo, no puede haber legitimidad cuando el hambre vuelve a galopar por las tierras del sur.

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